Viernes, seis y media de la tarde. Autobús número 18, el que me recoje a la salida del Centro y me deja en la estación de Luxemburgo. Apenas hay un asiento libre. Parada de Hamilius y de golpe un espacio se hace al lado de la puerta. Me sorprende porque apenas cabe un alfiler entre toda la gente que viaja de pie, pero alguien entra por la puerta tambaleándose. Es una pareja, un chico y una chica de los que todo el mundo se aparta porque su aspecto no es de haber pasado el dia trabajando en las oficinas europeas, sino más bien de haber dado con los huesos en cualquier parte y no haber visto una ducha en semanas. Hace mucho calor y el autobús está atestado. La gente los mira tambalearse, apenas se tienen en pie, apenas mantienen los ojos abiertos pero se miran el uno al otro de una manera tan tierna... Se funden en un beso y se separan. La gente se aparta. Él se sienta en uno de los asientos vacios junto a un yupi encorbatado que lo mira con arrogancia y cierra los ojos sumido en un sueño artificial, mientras ella pide algunas monedas a los viajeros. Parecen dos habituales, porque nadie les da nada. Y de repente ella llora. Llora en silencio. Me pregunto si es capaz de darse cuenta de su situación. De repente sus ojos azules, medio abiertos, sin brillo, se posan en los mios y con un hilo de voz y en un francés que apenas entiendo me pide unas monedas. En mi bolsillo dos euros, que puede que la ayuden a hundirse más en su miseria, pero soy incapaz de negarme a mi misma el deseo de que si algun dia me viera en su situación alguien me tenderia su mano con unas monedas. Nuestras miradas se cruzan por un momento y, mientras ella intenta darme las gracias, yo no puedo evitar un amasijo de sentimientos. Estación de Luxemburgo. El autobus se queda casi vacio. Ella baja los escalones a los andenes con dificultad y desaparece entre la gente abriendo un hueco a su paso y dejándome la sensación de que esta noche será dos euros más infeliz...
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